Parafraseando en el título a la novela del autor japonés Yasunari Kawabata, este artículo expone en primera persona, las tensiones entre el vello corporal de las mujeres y “el disciplinamiento estético de la depilación” a través de la experiencia personal, la historia y el presente.

Por Lupe Acevedo (*)

Portada del libro Plucked: A History of Hair Removal, de Rebecca M. Herzig 

El primer recuerdo que tengo relacionado a la depilación es de cuando tenía 10 años. Una compañera del colegio festejaba su cumpleaños en la pileta de su casa y antes de irme, mi mamá me llamó a su pieza, me dijo que levante los brazos y me recortó los pelos de las axilas con unas tijeritas. Me había dicho que era mejor recortar que pasar la gilette para que después el pelo no crezca tan duro y de paso me enseñó a depilarme las cejas con pincita mientras comentaba que heredé los genes de cejas gruesas de mi papá.

En ese momento, los rituales femeninos me atraían bastante. Más que un interés personal, era un sentido de pertenencia. La depilación era uno de los que más me quitaba el sueño. De un momento para otro, me volví extremadamente consciente de mi propio cuerpo en comparación al de mis compañeras. En la fiesta, éramos dos las que aún no se habían pasado la gilette y nos lo hacían notar.

A partir de ese momento, una idea se instaló en mi cabeza y me acompañó durante los siguientes quince o dieciséis años. Casi como si fuese una verdad absoluta, me repetía constantemente la frase: “soy más peluda que el resto, y eso es un problema”.

La realidad es que, en cierto punto, lo era. En mi preadolescencia no existían ejemplos positivos o representativos donde pudiese ver pelos iguales a los míos. En las revistas las pieles eran tersas, sin textura alguna. En la tele lo mismo. Mis amigas no se mostraban sin depilar y yo no encontraba parámetro alguno que me hiciera sentir un poco más “normal”, un poco menos “peluda”, un poco más adecuada al resto.

Empecé a depilarme con cremas depilatorias, que básicamente ejercen una función abrasiva sobre la piel, debilitando el vello y haciéndolo caer. En el instructivo me decía que un poco de producto era necesario y que la franja de tiempo que tenía que esperar era mínima. Nada de eso sucedió: terminé usando todo el pomo de crema, esperando más tiempo de lo estipulado porque no me hacía efecto y arriesgándome a quemarme la piel con tal de estar lampiña. Todo eso me pasaba por ser más peluda.

Cuando cumplí 11, me llevaron al dermatólogo por una reacción alérgica en las axilas. Las cremas depilatorias no me funcionaban, entonces empecé a rasurarme con gilette. Al tener la piel sensible, me llené de pústulas muy dolorosas, tuve que dejar de rasurarme y no quería mostrar las axilas. Las pústulas no me daban tanta vergüenza como me daban los pelos.

Con el correr del tiempo, las cosas nunca se hicieron más fáciles. Sino todo lo contrario, los efectos en mi salud, mi economía, mi tiempo y mi autoestima se acrecentaban, pero no existía manera en la que yo me sintiese capaz de cuestionar un estándar de belleza. La culpa la tenía yo por ser más peluda. Gastar más dinero, tiempo, recursos, arriesgar mi salud física y adjudicarle mi bienestar mental a tener las piernas suaves no era un problema de un sistema, era simplemente lo que me tenía que bancar.

En el libro “Plucked” (“arrancado” en inglés), la autora estadounidense Rebecca Herzig aborda una serie de preguntas acerca de la depilación: ¿En qué momento el crecimiento del vello corporal es considerado excesivo? ¿Qué separa lo necesario de lo superfluo? ¿Cuál es la historia detrás de las creencias dominantes acerca del vello visible?

Nuestras creencias actuales fueron cambiando a lo largo del tiempo, pero el vello corporal siempre tuvo un rol relevante para el canon social.

La importancia del vello corporal para la ciencia data del siglo XVIII, narra Herzig, donde los “filósofos naturales” taxonomizaban a los seres humanos en diferentes categorías y hacían observaciones. Al ser tan fácil de observar, el vello fue parte de la sumatoria de cosas que se consideraba a la hora de generar una idea de “evolución”, siendo esto también una conexión inherente al colonialismo. Al ser el hombre europeo el estándar con el cual se medían estos cánones, cualquier diferencia era considerada algo inferior.

A su vez, las observaciones del vello corporal planteaban una gran incógnita por la maleabilidad que existe en su naturaleza. ¿Cómo estamos seguros de que el vello está siendo manipulado? ¿Cómo determinamos que alguien se está depilando o rasurando?. Estas preguntas surgen a partir de las expediciones en las que los científicos observaban los rituales de cuidado del vello corporal de los pueblos originarios en Estados Unidos. Expediciones que vale aclarar que tenían como objetivo definir “científicamente” si estas personas eran capaces de amoldarse a la vida “civilizada”, a la vida “europea” y es así como el vello corporal cumplió un rol fundamental a la hora de determinar si un pueblo podía ser gobernable o no.

Rebecca Herzig

Lógicamente, con las teorías llegaron las contradicciones. Entre el siglo XVII y el siglo XIX, se generaron amplios debates acerca de estos rituales de cuidado de los pueblos originarios donde el eje siempre estaba centrado en lo negativo de aquello que era diferente. Por un lado, el vello corporal era la señal de algo primitivo y no civilizado, pero por otro, aquellos indígenas que no tuviesen barba eran vistos como inferiores. Incluso Charles Darwin planteaba que la diferencia entre hombres y mujeres en cuestiones de vello corporal determinaban la inferioridad de la mujer por ser más “lampiña” y cualquier mujer que se exceptuara de esta norma era catalogada como un “fenómeno”.

Entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, el vello corporal pasó a jugar un rol xenófobo. La inmigración del pueblo judío, italiano, irlandés y de otros países de Europa del Este comenzó a llegar a Estados Unidos, trayendo nuevamente preguntas sobre la “pureza del linaje”. ¿Quién es limpio? ¿quién es sucio? y por sobre todo, ¿cómo podemos determinarlo a simple vista?. Alrededor de 1890, la llamada “ciencia racial” se ocupaba nuevamente de entender de qué manera estos inmigrantes podían asimilar la cultura y las costumbres blancas y cómo podían categorizarse de acuerdo a la cantidad de vello corporal que tenían, generando cánones de jerarquías estéticas y, por sobre todo, políticas.

De estos cánones, surge la gran pregunta: ¿Qué significa ser una mujer blanca? ¿Qué implica mantener una jerarquía racial, social y económica?. Es así como nace el disciplinamiento estético de la depilación.

Entre 1896 y 1940, existió un sistema de depilación en la cual las mujeres se exponían por largos períodos de tiempo a rayos X con el fin de remover el vello corporal acarreando, lógicamente, graves problemas de salud. Estos centros de depilación estaban especialmente apuntados para la población inmigrante y era sostenido por fuertes campañas publicitarias y de comunicación que ejercían una coerción para que las mujeres asistiesen a estos lugares, poniendo en riesgo su salud. Existen cartas de pacientes que se comunicaban con los profesionales que ejercían estas prácticas al presentar graves problemas de salud, y las respuestas que recibían eran frases como “debías haberlo sabido”, “eso te pasa por vanidosa”, mientras que por otro lado existían incentivos económicos para aquellas mujeres inmigrantes que se sometan a estos procedimientos, ejerciendo una fuerte y explícita amenaza racial para que lo hicieran.

¿Qué sucede cuando visibilizamos la labor de la belleza? ¿Las consecuencias en el cuerpo físico, mental, en nuestras economías y en la opresión que estas generan? ¿Qué lleva a una mujer a arriesgar su salud por esto? ¿Por qué una mujer moriría por esto? La vanidad pasa a un segundo plano cuando somos conscientes de que los estándares de belleza jamás juegan un rol superfluo, sino todo lo contrario. Son estructuras políticas y económicas. Y es por esto también que la belleza como un concepto frívolo es completamente funcional a estas mismas estructuras. La belleza es el centro de todo, pero a su vez, es superflua. No merece estudio pero sí obediencia incondicional.  “Como te ven, te tratan, y si te ven mal, te maltratan”.

Necesité años para dejar de adjudicarle a mi cuerpo características negativas extraordinarias, varios más para priorizar mi bienestar físico por sobre una expectativa de feminidad y sigo en proceso de navegar la libertad individual de elegir cómo me presento en el mundo. Una vez me dijeron que la solución a mis problemas sería la depilación definitiva, pero nunca me sentí cómoda con la idea. Con el tiempo entendí que tener pelos no era el problema, y que nada me haría sentir más incómoda que someterme a algo “definitivo” que me quite la posibilidad de poder elegir.

(Fotografía: Victoria Roffé)

(*) Artista y realizadora audiovisual. Recientemente,  su obra “La Inmensidad” fue seleccionada en el marco  de  la convocatoria XXX Banderas para la Triple Frontera del  Museo de la Triple Frontera. Texto especial para Variaciones.

Categorías: Cultura

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